Capítulo 37


Guardaba la esperanza de que apareciera, que con su gesto grácil tirara al vuelo la música elegida para el programa de esa noche, que se dirigiera con pasos cortos y nerviosos hasta el bar y se sirviese un vaso de glenfarclas, y que sentada ante el micrófono lo mirara fíjamente antes de comenzar… Deseaba lo que en otras ocasiones hubiese considerado “sentimentalismos”. Quería, simplemente, que todo volviese a ser como antes. Por eso, cuando a quince minutos del programa sonó un mensaje en su móvil, un hormigueo cosquilleó en su estómago al constatar que era enviado por Sophie: “Tal vez no llegue”, le decía escueta.

Su primera reacción fue de rabia al sentirse abandonado y tener que excursarla de nuevo ante la gran masa de oyentes. Sin embargo, cierta alegría comenzó a despertar en él la ganas de reelaborar el programa de esa noche. Con el tiempo en su contra, seleccionó con avidez la música y las intervenciones de Sophie que consideró más interesantes. Abrió el micrófono, tomo aire, y presentó el programa:

- ¡Buenas noches, Edimburgo! Como cada viernes en Radio Britannia F.M. empieza…, La Dama de la Callejuela! ¡Arranca la vida en la ciudad...!

Carlos dejó pasar la música elegida, y prosiguió:

- Hoy nuestra Dama no ha podido acudir a su cita. No estará en directo, pero sí en nuestros corazones... Donde quiera que esté sigue con nosotros, formamos parte de sus pensamientos.

Sonó la voz grabada de Sophie y luego "40'" de Franz Ferdinand, "Twilight" de Antony and The Johnsons, "Greek song" de Rufus Wainwright, "Moguer" de Estrella Morente...

- Como cada viernes en Radio Britannia F.M., seguimos en… La Dama de la Callejuela. Esta noche disfrutamos de la sugerente Dama, de su música, de su mensajes...

Carlos permaneció hasta la despedida del programa, y como otro oyente más escuchó con atención cada palabra, cada letra de la canciones que ella, su Dama, regalaba a las noches de Edimburgo. Y a "Fire in the forest" de David Sylvian, la dejó aparte para escucharla una vez más.

***

Cuando Jack se fue, Sophie sintió de golpe todo el malestar que durante ese día había estado luchando por tomar el dominio de su cuerpo. Se alegraba, por otra parte, de que el contratiempo con Jack la hubiese librado de ir a la radio con semejante decaimiento. Sólo tenía fuerzas para tomar un vaso de agua e irse directamente a dormir. 'Mañana llamaré a Carlos, ahoran no, estoy demasiado cansada...', pensaba antes de caer profundamente dormida:

<< ...Un hombre junto a Sophie, al que no se le distingue la cara y que ella da por supuesto que conoce, pero sin saber exactamente de quien se trata, conduce un barco de motor a gran velocidad. Se desliza a través de un pasillo de témpanos de hielo a punto derretirse, entre aguas transparentes en las que se pueden divisar numerosos animales marinos que nadan casi al ras de la superficie: delfines, tiburones, grandes peces que parecen reunirse en la marea de hielos flotantes tan inaudita en las latitudes de aquellos mares. - ¡Ten cuidado! ¡los puedes dañar! -le advierte Sophie. El conductor del barco sortea con destreza los hielos sumergidos y los animales marinos que van interponiéndose al paso de las espeluznantes hélices del motor...
..........

...Sophie está en la sede de Radio Britannia. Comparte la mesa de grabación con más gente. Llega su turno y no puede hablar, lo intenta, pero sólo le salen palabras ininteligibles. No le queda otro remedio que enmudecer, y le escuece la piel de todo el cuerpo. Se mira y está desnuda, cubierta de pequeñas manchas oscuras y protuberantes que afean sus piernas, su espalda, sus pechos. -¡Mira! -le dice mostrándose a Carlos. Él no parece darle la mayor importancia, al contrario, la recrimina por su escasa intervención. Las manchas negras se van extendiendo a la par que crece un dolor intenso, insoportable, salido de sus entrañas... >>.

***

En el puesto de control Sapo vigilaba la casa de Sophie. La noche anterior había visto salir a Jack, y luego le pareció verla en la ventana de su dormitorio entornando la persiana. Al tomar su turno esa mañana le extrañó que, habiendo pasado las doce del mediodía, aún la persiana permaneciera intacta. Una transmisión de pensamientos pareció llegarle a Deborah que lo llamaba en ese preciso instante:
- Dime.
- ¿Dónde anda Sophie? ¿Qué pasa, es que no la están vigilando, para qué les pago entonces?

- Desde anoche no la hemos visto salir de su casa -respondió Sapo-.

- Escucha, ella no contesta a mis llamadas, ¿entiendes? -le informó Deborah con cierta angustia en su voz-.

- Subo...

Tocó primero con dos golpes sonoros. El tercero lo acompañó con un breve empujón a la puerta recuperando con un acto reflejo la pequeña navaja que volvió a guardar en su bolsillo. Directamente fue al dormitorio. Sophie yacía semidesnuda, muy pálida sobre una cama revuelta. Sapo se acercó a ella y comprobó que aún respiraba.

- ¡Niña! ¡Despierta!

Con los tortazos y las sacudidas dadas por Sapo, Sophie pareció reaccionar, balbuceaba, deliraba en fiebre.

- Tranquila, tranquila...

***

En la sala de espera del Hospital Jack y Deborah compartían juntos las desesperantes horas que precedían al pronóstico que pudieran darles sobre el estado de Sophie. Se observaban de refilón, con recelo, descubriendo uno en el otro una sincera preocupación. Sus rostros era el espejo de sus almas, eran el reflejo de sus amargos sentimientos.

- Te agradezco que en esta ocasión me hayas avisado inmediatamente –le dijo Jack con el tono cínico que tanto la sacaba de quicio-.

Deborah le contestó con una leve asentimiento de la cabeza, y siguió con su silencio mirando a través del cristal. Jack admiró la bella estampa que desprendía su estilizada figura que triste se inclinaba sobre la ventana.

- Sophie es para ti un buena carnaza para usar en los negocios, ¿no es verdad? –añadió Deborah olvidando su propia condición e iniciando el tipo de discusiones pantanosas en las que solía caer y de donde nunca salía escarmentaba. Dos subidas de tonos más, y Deborah pasaría a usar su ágil y ocurrente lenguaje viperino-.

Jack levantó la ceja derecha y exhaló aire. En el preciso momento que iba a caer sobre ella con todo el peso de sus palabras, alguien llamó su atención dando un toque a la puerta de la sala, y preguntó:

-¿Quién es el familiar más allegado de la paciente Sophie?

Tanto Deborah como Jack quedaron estupefactos, lo único que se les venía a la cabeza y que podía contestarse al médico con coherencia tampoco era lo más convincente.

- Sophie sólo tiene... un tío, vive en Sudáfrica. Soy Deborah, una amiga -dijo con un nudo que aprisionaba su garganta-.

- Mi nombre es Jack, soy amigo y compañero de trabajo de Sophie.

- Entiendo... Vuestra amiga Sophie -dijo mirando a Deborah y luego a Jack, está grave. Se ha complicado la cura de una herida reciente causando una infección que ha pasado a la sangre -el médico se reservó con cautela que la curación del desgarro vaginal que había sufrido Sophie, era el motivo de la infección-. Por suerte la paciente ha reaccionado bien a los antibióticos, y si todo sigue como esperamos, hay cierta esperanza de que se recupere.

Capítulo 36


Pero Sophie necesitaba más, más verdades. No, no le quedaba claro nada, por lo que le increpó con un tono desafiante.
-A ver Jack, vienes irrumpiendo en mi casa pidiéndome que seamos sinceros y compartamos la información. Pues bien, seamos sinceros.
Lo que ambos buscamos en esta investigación son cosas completamente diferentes. Yo quiero descubrir el paradero de mis padres, vivos o muertos, pero en definitiva, saber dónde están.
Tú tienes otras pretensiones, las tuyas son ambiciosas, tienes ansia de poder y riqueza, eso no lo puedes negar.
No sé, hasta qué punto, quiero aliarme con una persona que me ha mostrado todo el tiempo una fachada que no me gusta.
-Comprendo que desconfíes de mí, entiendo que solo conoces la apariencia que muestro como jefe de una empresa, pero la mejor prueba de mi sinceridad es que te he contado todo lo que sé. Estoy traicionando a mi padre, estoy renunciando a mis principios para que me des una oportunidad.
Necesito que sepas que no estás sola, que no te quiero dejar sola. No puedes ser la única abanderada de esta guerra y luchar aislada contra un grupo de desalmados sin escrúpulos.
Sophie comprendió que Jack estaba en lo cierto, ella no podría enfrentarse a todos. Se convertiría en objetivo fácil de Purplestone, del MI5 y de todos los que estaban detrás de las piedras. Incluso Déborah, ya no había duda que era una traidora, las palabras de Jack cercioraron las visiones que tuvo al coger la libreta. Tenía razón, estaba completamente sola.
Tras un momento de silencio, interminable para Jack, Sophie le preguntó con una ligera sonrisa en los labios:
-Jack, ¿te apetece tomar algo?.
Jack la miró, le devolvió la sonrisa y comprendió que le había concedido la presunción de inocencia.
Observó la hora en su reloj de pulsera y comprobó que el programa de radio ya estaba terminando. No tenía sentido marcharse y dejar la conversación en estos momentos, así que decidió hablar con más detalle de lo que supuestamente sabían.
De entrada, no estaba dispuesta a revelarle a Jack el contenido de la libreta, demasiados datos y secretos para contarlos la primera vez que le daba un voto de confianza. Pero, esta explosión de sinceridad mutua tenía que estrenarse con algo significativo para ella.
-Jack, voy a mostrarte algunas de las cosas que guardo con más recelo. Son objetos personales que ocultan secretos que me podrían ayudar a descubrir la verdad.
Sophie se levantó, fue a su cuarto con pasos firmes.
Estaba encima de su armario, la había vuelto a poner allí después de comprobar que Lynne no robó nada.
La caja era negra, pequeña, sus esquinas habían perdido el aspecto afilado y se mostraban redondeadas por el roce de la tierra que la había cubierto tantos años. En el centro de la tapa asomaba un precioso unicornio grisáceo. Su silueta, deteriorada por el tono terroso del polvo que se había incrustado en los poros de la madera, se había difuminado. Bordeando su parte inferior se distinguía una inscripción con letras góticas y doradas, apenas legible: “mis recuerdos”.
Acarició la tapa con cuidado delante de Jack. Por su gesto, Jack comprendió que aquella caja contenía mucho más que pruebas, se trataba de algo más profundo y vital para Sophie.
Intentó poner sus cinco sentidos en el pequeño objeto, más que por curiosidad hacia el contenido, porque Sophie no cancelara el momento de confidencialidad que había iniciado.
Sophie fue mostrando, una a una, todas las cosas que contenía. No solo guardaba la carta de su madre, en su interior atesoraba reliquias, recuerdos que poseían un gran significado en su niñez y ahora, se transformaban en llave de un pasado recóndito.
Resaltaba, entre todas ellas, el péndulo de su madre. Conservaba el brillo de la plata recién pulida. La cadena fina y larga estaba enrollada a su alrededor como una culebrilla aletargada.
Cuando lo cogió y apretó con su mano derecha, una imagen difusa apareció en su mente. Un fogonazo rápido que le llevó a un lugar rodeado de rocas con insólitos colores y de una gran belleza.
Su rostro se transformó, Jack se asustó al comprobar que su cara había cambiado.
-¿Te pasa algo Sophie?, ¿estás bien?.
-Sí, estoy bien, solo ha sido un ligero mareo, la emoción de volver a ver algunas cosas que pertenecían a mis padres.
No quería revelarle a Jack sus premoniciones ni sus dotes de visualización. Ese era uno de sus grandes poderes mentales, reconstruir hechos, situaciones, lugares que aparecían ante sí. Imágenes provocadas por un estímulo inesperado, imágenes que podían ser interpretadas de forma diferente, pero que tenían un sentido concreto.
Aprovecharse de ese poder de visualización era el arma para llegar a sus padres, la clave para conocer su paradero.
La duda de la honestidad de Jack seguía vagando por su mente, continuaba sin estar segura de sus pretensiones.
Siguió rebuscando con pulcritud, separando los pequeños objetos que contenía la caja: la pulsera de hilos de colores que le hizo a su madre, la moneda antigua romana que su padre le dio de una colección inacabada, un trozo diminuto de pergamino que construyeron entre los dos. Primero lo tiñeron con café bien oscuro y, una vez seco, quemando sus esquinas cuidadosamente con el mechero de cristal azul que adornaba la estantería.
Su padre había dibujado en él un mapa que nunca entendió.
Se paró en seco.
-Este mapa lo hizo mi padre pocos días antes de la desaparición. Seguro que no fue casual, ni inventado, seguro que pretendía mostrar algo.
Cogió cuidadosamente el papel que casi se deshacía entre sus dedos. Buscó una lupa que tenía en su escritorio y empezó a estudiar sus líneas, gráficos y señales.
Seis letras se distinguían claramente dispersas por el pequeño y estropeado trozo de pergamino plagiado, cada una situada estratégicamente, coronando una serie de colinas que mostraban una forma concreta: “u”, “r”, “p”, “ l ”,” e ”,” p ”.
Inmediatamente la palabra “purple” se adivinó delante de sus narices, probablemente quería señalar un lugar relacionado con la organización: “Purplestone”.
Esas colinas representaban de forma esquemática un lugar. Por un instante imaginó que podía ser el sitio donde habían ocultado a sus padres.
No eran las colinas que rodeaban las minas de Culross, estaba segura, su disposición no coincidía con las del dibujo.
En el centro del espacio que dejaban los cerros, en el interior de la garganta que formaban, de un color celeste difuso, emergía un río, un pantano o algo similar.
En el pie de una de las colinas, la coronada con la letra “r”, se vislumbraba una diminuta mancha negra, gracias al aumento que le proporcionaba la lupa, pudo distinguir una flecha que señalaba un punto preciso y destacado con tinta roja.
-No conozco este lugar, no se parece a ninguno de los que haya estado, pero sé que ahí se esconde algo importante, alguna pista.
-¿Me dejas que le eche un vistazo?, a lo mejor puedo ayudarte. He visitado muchos rincones a lo largo de mi vida, quizás me recuerde a alguno.
Jack cogió el trozo de papel, Sophie ansiosa por una posible respuesta, le pasó la lupa. Jack fue recorriendo minuciosamente cada milímetro del dibujo y parándose en cada una de las señales que contenía.
Un temblor en su estómago le indicó que intuía de qué se trataba. Estaba claro, el lugar que reseñaba el mapa era una representación de varias islas del Fiordo de Forth y la flecha señalaba la base naval abandonada de Rosyth.
Intentó controlar cualquier mínimo cambio en su rostro, tenía mucha más información en sus manos de lo que hubiese podido imaginar. Por un momento vaciló y quiso decirle a Sophie que conocía el lugar pero, en realidad, Jack no era el hombre honesto y fiel que pretendía demostrarle a ella.
El deseo de tener el control de las piedras preciosas, el placer que le proporcionaba conseguir riqueza y poder era superior a cualquier sentimiento que pudiera inspirarle su deseada Sophie.
-Lo siento Sophie, creo que no puedo ser de gran ayuda, este lugar no lo conozco, ni siquiera estoy seguro de que exista.

Continuará

Capítulo 35



Jack había pasado los últimos días como si una fiebre le corroyera el cerebro. No había aparecido por la oficina y había dado órdenes a Jane de que le retrasara la agenda por lo menos una semana. Corría el riesgo de que el negocio con los japoneses se fuera al traste debido a tanta dilación, pero no podía evitarlo.
Durante el entierro de Amy, el dolor de Sophie conmocionó a Jack. Cuando la vio arrojar la rosa sobre el ataúd de su abuela tuvo que reprimir acercarse a ella para abrazarla, para decirle que no se encontraba sola. Debía estar pasándolo muy mal, pero si la atosigaba con sus atenciones podría perder el acercamiento que había conseguido la mañana del sábado anterior donde unos scones estuvieron a punto de ser testigos de un momento memorable. Tan sólo unos días atrás y cuántas cosas habían sucedido. Se tomó otro analgésico, el dolor de cabeza no le abandonaba. El maldito matón de su padre le atizó a conciencia. Su padre, el gran Thomas Donaldson. No le vio verter ni una lágrima en el sepelio de la que fue su amante durante tantos años, a la que, según él, tanto amó. ¿Puede un amante mantenerse impertérrito ante la muerte de la persona amada? Tragó el comprimido con ayuda de un zumo de naranja. El dulce líquido alivió el vacío del estómago. Vacío, así debía estar el corazón de su padre. Nunca se prodigó en muestras de afecto hacia su mujer, la apocada señora Donaldson, la siempre circunspecta mujer de, la perfecta anfitriona, el apropiado acompañamiento al poder y prestigio de un gran hombre que se había hecho así mismo. Con él, tampoco había sido espléndido regalando cariño. Únicamente en dos ocasiones el señor Donaldson anunció con estupendas fiestas su alegría por tener un hijo: cuando Jack cumplió la mayoría de edad y al acabar éste la universidad. Estas celebraciones se alargaban hasta altas horas de la madrugada en las que Thomas Donaldson le enseñaba a su hijo los encantos de los barrios bajos de Edimburgo, los efectos del alcohol, la euforia de ganar en una mesa de póker y el modo más barato de poseer a una mujer: pagando. La primera palmadita en la espalda la recibió Jack cuando su empresa mostró beneficios. A partir de entonces, su padre le trató como un colega que juega en el mismo tablero. Era lo más cerca que nunca se había sentido de la aprobación paterna. Intuía que para pasar de teniente del ejército británico a un hombre cuyos negocios abarcaban mucho más que fábricas y transacciones bursátiles, su padre había tenido que hacer algo más que ganar a la lotería, cosa que no sucedió. Jack se había emancipado y había logrado el beneplácito de su progenitor, ambas cosas le satisfacían lo suficiente como para no inmiscuirse en los asuntos del viejo. Pero los acontecimientos se habían precipitado y él se sentía salpicado de una manera muy pertinaz. Edward y Amy eran dos víctimas inocentes, Jack estaba seguro. Sin embargo, lo que más le inquietaba era que esas dos muertes revolotearan sobre la cabeza de Sophie como cuervos esperando descender para alimentarse de lo que pronto será carroña. Y el estómago de Jack volvió a sentirse vacío. Era hora de actuar.

Cuando Sophie abrió la puerta, dispuesta a marcharse hacia la emisora, se asustó al toparse con un indeciso Jack que se enfrentaba al timbre.
— ¡Jack! Vaya susto me has dado.
—Perdona, Sophie, no era mi intención. Quería saber cómo estás.
—Bien, Jack, gracias, pero ahora tengo que irme.
—Necesito hablar contigo, Sophie.
—Verás, ahora no puedo, llego tarde. Si es por el trabajo…
—No, no es por el trabajo. Es una cuestión de vida o muerte.
La seguridad con la que Jack pronunció esa frase hizo retroceder a Sophie dejando la puerta abierta para que su jefe entrara.
Jack le contó lo que sabía sobre Thomas Donaldson, sobre sus intenciones con su abuela, más allá de la relación sentimental, de su conexión con Purplestone, con el MI5, le dijo qué buscaba, le descubrió el doble contrato de Deborah, aunque de Escobedo sólo pudo contarle que no era lo que parecía, sino mucho más. Nada parecía sorprenderla, simplemente las piezas encajaban y sus neuronas empezaban a conectarse en sincronía. Tras unos segundos de silencio, Sophie exclamó:
— ¿Por qué me cuentas esto, Jack? ¿Tú también quieres el mineral? O ¿sólo quieres sexo?
La respuesta de Jack no fue inmediata. Sus ganas por poseerla le delataban, pero debajo de ellas había algo más, algo más que ni la propia Sophie podía imaginar. Dudaba de lo oportuno de comunicarle sus sentimientos en un momento tan espinoso, pero ¿de qué otra forma podía explicarse la traición que acababa de cometer hacia su padre?
—Sabes perfectamente que te deseo y sé que yo te resulto repulsivo. No es necesario que me creas si te digo que siento por ti algo más. Por hoy me bastaría con que creyeras todo lo demás que te he dicho. Has de confiar en mí. Estás sola, Sophie.
Jack le ofrecía su ayuda justo cuando ella misma había descubierto que se hallaba totalmente sola. Un hombre en el que no confiaba en absoluto le ofrecía la mano traicionando a su propio padre. ¿Era un regalo envenenado? ¿Sería esa la mano que la estrangulara o la que fuera a salvarla? ¿Sería esta muestra una trampa más? Carlos Escobedo seguía constituyendo una incógnita, ni siquiera Jack pudo despejar las dudas sobre él. Era un cabo demasiado grande para poder atar. No sabía si eso era una buena o mala señal.
— ¿Qué propones que haga? —le preguntó por fin Sophie.
—Hagamos, Sophie, hagamos, esto va a ser cosa de dos. Y cuando digo de dos, me refiero sólo a ti y a mí. No vas a poder confiar en nadie más. Ni en Carlos Escobedo. ¿Lo has entendido?
Sophie se asombró de la perspicacia de Jack, la conocía muy bien.
—De acuerdo, de acuerdo. —Sophie pensó en no revelarle tan pronto su acuerdo radiofónico con Escobedo, no a menos de estar segura sobre las intenciones de Jack. Porque para fiarse de él, aún debía convencerla con alguna prueba más.
—Hemos de compartir la información. Todo, absolutamente todo. Tus anotaciones, tu libreta…
— ¿Qué sabes tú de mi libreta?—le increpó enfadada Sophie.
—La dejaste olvidada en tu despacho la noche que asesinaron a Edward. Sólo la miré por encima, no la leí. Te lo juro, Sophie. Has de creerme, de ahora en adelante, has de creerme, de lo contrario no te voy a poder ayudar.
Sophie asintió con la cabeza, más por conocer cuál era su plan que por estar convencida.
—Yo te proporcionaré los datos, informes, contratos, lo que sea que mi padre tenga sobre los asuntos relacionados contigo y tu familia, además de mi dinero y contactos. Tal vez si unimos la información sobre una misma mesa, podremos ir entendiendo mejor hacia dónde hemos de dirigirnos para poder operar. De momento, nuestra unión debe ser secreta, nadie, repito nadie ha de saberlo…
—Tranquilo, Escobedo no lo sabrá.
—Exacto, ni Escobedo, ni Deborah. Juega a más de dos bandas, hay que desconfiar definitivamente de ella, además es peligrosa. ¿Queda claro?
Sophie se la jugaba, se arriesgaba a cavar su propia tumba. Sola no tendría muchas oportunidades de salir vencedora, pero aliarse con Jack podría serle de gran ayuda si, al fin y al cabo, él sólo quisiera sexo. Sophie tocó la mano de Jack. Le temblaba casi imperceptiblemente. Sintió cómo el pulso de su muñeca se aceleraba y sus pupilas se dilataban. Quería besarla. ¿Era eso una muestra de que sus intenciones eran buenas?

Jack atrapó la mano de Sophie entre las suyas, sabía que dudaba, que no la había convencido todavía. Todavía.
— ¿Queda claro, Sophie?
—Queda claro, Jack.
—Bien, vamos allá. 



Diría que es insoportable. A priori, parecería incluso necesario y agradable. Es la mejor manera de concentrarse, el modo óptimo de llegar a las musas. Pero, el día de antes, incomoda.
Han callado todos. Probablemente, se hayan ido a pasar el fin de semana a la playa o a la montaña, huyendo del último estertor de un verano sin piedad. Sin embargo, el mutismo también indica la expectación que despierta el nuevo capítulo. ¡Chis! Tiene que trabajar, dejad que se concentre. Después de los cincuenta últimos comentarios, esta tranquilidad pesa, inquieta, sobrecoge.
Será que ya son muchos capítulos o la tensión de no saber resolver con inteligencia, de no haber elegido bien el movimiento, de dejar la trama demasiado complicada para el siguiente compañero. Presión.
Como una olla exprés llena de ingredientes que luchan por salir con el vapor silbante. Tras la cocción, lo que queda en el recipiente será el próximo capítulo. Ya no se puede elaborar otro pues se acabaron los condimentos y el tiempo. Tic, tac, tic, tac. Y ¿si se ha quemado? Y ¿si está soso? Y ¿si quedan grumos? Y ¿si no era eso lo que había que cocinar? Miles de dudas asaltan ante el plato acabado. Sólo queda adornarlo con un poquito de perejil. Y ¿si le hubiera quedado mejor el tomillo?


Capítulo 34



Cuando entraron en Deacon Brodie’s Tavern, después de atravesar numerosas calles edimburguesas, Walter y Carlos parecían amigos de toda la vida, uno reía tras los comentarios del otro, que a su vez era respondido con el mismo efecto, la gélida noche se fundió con el calor que los dos hombres se propusieron propagar en una propuesta de amistad, al menos eso parecía ante la vista de todos. Cuando llegaron a la puerta del pub, Carlos, dándole una palmadita en la espalda de Walter, lo convidó a entrar, como si fuera su huésped. Sin duda alguna, existía una simpatía mutua, una complicidad, en la que las miradas y los gestos, a veces, sustituían a las palabras. Sus rostros agradecieron el vaho cálido, que los recibió al abrir la puerta del local, y, tras quitarse y colgar los abrigos, atracaron en la barra, como si fuesen viejos lobos de mar curtidos en mil batallas. A pesar de estar el bar concurrido, el barman, algo mayor que Walter, acudió de inmediato, al advertir el leve gesto que realizó el dueño del Viejo Diván. Martin se acercó portando una sonrisa postiza y saludando protocolariamente a Walter con mucho respeto.

-¡Vaya es todo un honor verlo por aquí, Mr Rourke!

-Anda Martin, ahórrate tu pedantería y ponnos unos gins and bitter lemon –Dijo Walter mirando a Carlos, que con un gesto dio su aprobación. El camarero dio media vuelta rápidamente, al comprobar que el distinguido cliente no quería ser molestado.

-¡Vaya, pues si que te tienen respeto por estos lares! –Dijo sonriendo Carlos provocando que Walter riera disimuladamente.

-No puedo evitarlo, Carlos, no me va la gente falsa e hipócrita.

-A mí me ocurre lo mismo, aunque hay momentos que uno no puede evitar aparentar lo que no se es. ¿No crees?

- Sii… -Dijo carraspeando Walter- En efecto yo soy así, me gusta nadar y guardar la ropa. Mi trabajo me exige discreción, no siempre me puedo mostrar como soy, tengo que lograr que mis clientes se encuentren cómodos, no importa si me caen bien o no. Mi opinión no cuenta, es como estar prostituido de alguna manera.

-Claro, te entiendo –Dijo Carlos riendo- …con que prostituido, ¡pues entonces eres una puta fina! ya lo creo que sí –Dijo Carlos desternillado provocando que Walter diese una sonora carcajada.

-Sí, Carlos, de alguna manera es así, la vida te enseña muchas cosas, solo tienes que prestarle la máxima atención para conseguir lo que quieres y cómo hacerlo. Yo no he tenido una vida fácil, pero he intentado sacarle el máximo partido. Me crié en un mísero pueblo de las frías Highlands. Mis padres estaban enfermos y no pudieron darme estudios, tuve que luchar duramente para salir adelante y ayudar a los míos. He trabajado en todos los oficios que te puedas imaginar y, al final, conseguí los ahorros suficientes para montar el Viejo Diván, mi gran sueño –Dijo Walter con mirada orgullosa y cierta satisfacción.

-Te aseguro que sé lo que es eso –Dijo Carlos- Yo nunca he tenido a mi lado a nadie que me apoyara. Mi madre se quedó embarazada muy joven, eso en aquella época era imperdonable en el sur de España, se vio en la calle, sin nadie quien le ayudara, casi no me acuerdo de ella, mi vida pasó entre el seminario y numerosos trabajos, donde supe moverme con agilidad y relacionarme con gente importante, no dejé escapar las oportunidades y me convertí en un hombre de éxito, un hombre que no le debe nada a nadie –Terminó de decir Carlos, mientras miraba el interior de su copa, que sostenía con su mano derecha y se apoyaba acodado en la barra. Cuando pronunciaba las últimas palabras sonó la campana que anunciaba la última copa antes de que el local cerrara.

Walter parecía encontrarse a gusto con su nuevo amigo y los augurios de la campana parecían echar a perder una noche agradable. Los dos lamentaban el próximo cierre mirando el reloj victoriano que había colgado a un lado de una columna.

-Vamos, te llevaré a un sitio que te gustará –Dijo Walter mientras se levantaba, sin esperar la respuesta de Carlos, que lo siguió sin rechistar.

El taxi serpenteó descendiendo por una colina en las afueras de la ciudad hasta llegar a un conjunto de casas, junto al recodo de un río. Cuando se bajaron del automóvil, Carlos indagaba el oscuro escenario, empañado por la neblina que se deslizaba velozmente por el suelo; respiraba profundamente el aire frío y cortante, que parecía batir su rostro violentamente, como si quisiera olfatear en busca de algún indicio que le permitiese ordenar sus ideas y entender donde estaba. Todo parecía indicar que aquel recóndito lugar era un escondite solo apto para piratas, aquellos que tienen algo que esconder, como un tesoro.

Se sentía seguro con su nuevo amigo, le parecía honesto, al menos tanto como él. Tras golpear la vieja y pequeña puerta, ésta se abrió después de oírse un corto ruidito estridente. Un oscuro y largo pasillo, rodeado de grandes barricas decoradas con telarañas, llevó a los dos hombres hasta unas escaleras, por las que se descendían hasta una habitación más iluminada, desde allí salieron al exterior y, tras cruzar un patio, volvieron a entrar en el edificio por su planta más baja. Walter se mostraba indiferente, caminaba seguro y sin dudar, como si conociera aquel laberinto a la perfección, ante las miradas estupefactas de Carlos que comenzaba a sentirse un tanto incómodo. Al entrar se encontraron a varios hombres trajeados fumando y tomando unas cervezas, mientras jugaban al póquer, sin que apenas se esforzaran en saludar a Walter. Una nueva puerta comunicaba con una gran habitación, un poco oscura, donde se adivinaba una barra y varias mesas, sin embargo sólo había alguien en la mesa del fondo.

-¿Qué es todo esto? –Le preguntó Carlos deteniendo a Walter al sujetarlo por el brazo.

–No tienes nada de que preocuparte. Ven, te presentaré a alguien que te va a interesar –Dijo Walter haciendo que Carlos dirigiera su mirada hasta el fondo.

Cuando llegaron hasta allí, Thomas Donaldson lo invitó a sentarse, mientras Walter los presentaban.

-Vaya entonces es usted el misterioso personaje del que tanto he oído hablar –Le Dijo Carlos.

-No más que usted, hijo, no más que usted, señor ¿Escobedo? –Dijo Thomas, cuando Walter se excusaba para ir a preparar unas copas tras la barra –Tenía mucho interés en conocerlo –continuó diciendo.

-No más que yo, no más que yo, señor ¿Donaldson? –respondió Carlos, imitando a su interlocutor, sonriendo y provocando la risa de Thomas D.

-Parece que no está usted muy…sorprendido Mr Escobedo, quizá había pensado encontrar otro lugar más… ¿divertido?

-No, no se preocupe Mr Donaldson, es el lugar perfecto, Walter no podía haber encontrado otro lugar mejor.

-Sí, Walter tiene muy buen gusto a pesar de ser un maldito irlandés –Replicó Thomas D, mientras se oía reír a Walter tras la barra.

-¿Irlandés? –Preguntó, casi protestando Carlos Escobedo- ¡Jodido camarero prostituido! –Gritaba, pero sin enfadarse, como si siguiera un guión preestablecido- Y pensar que me dio lástima tus padres pobres y enfermos.

-Ja, ja, ja, si lo oyera su padre, el Coronel O’ Rourke, se le torcería el bigote –Dijo, muy divertido, Mr Donaldson.

-Bueno, no es para tanto –Dijo Walter- Reconozco que lo de tu joven madre soltera y tu vocación seminarista estuvo mucho más elaborado. No sé de qué te quejas. ¡Pero si ni siquiera eres español! Muchas veces he visto como te repugnaba ver el jamón serrano que te ponía delante, sin embargo hay que reconocer que das el pego, buen acento español, sí señor.

-Entonces, el Viejo Diván es toda una tapadera de la Organización –Dijo reflexivamente Carlos Escobedo.

Sí, es donde ponemos el sebo, como Sophie Mathews y acuden depredadores como tú, que no dudan en utilizarla en su propio beneficio –Dijo Thomas algo molesto- tienes suerte, ejerces una gran influencia sobre ella, lo sabes, quizá esa sea una suerte que se pueda compartir.

-¿A qué te refieres? –Pregunto expectante Carlos.

-Lo sabes muy bien, eres muy ambicioso, como toda tu familia, en eso nos parecemos mucho. Somos capaces de hacer cualquier cosa con tal de conseguir prosperar, enriquecernos, ser poderosos, sentirnos que estamos muy arriba. Es como la sensación de volar y sentirte libre, aunque luego se nos quemen las alas como en el mito –Dijo Thomas, mientras miraba el vaso de güisqui que removía delicadamente.

-Pareces que sabes mucho de mi familia, debes jugar bien al póquer, se te dan bien los faroles –Le dijo Carlos a Thomas, sonriendo antes de tomar un trago, como si le aburriera lo que estaba oyendo.

Sir Thomas se sintió menoscabado por la apreciación de Carlos y su indolencia provocó que se exasperara. Sin embargo, la experiencia y la sicología, aprendida en tantos años y en tantos campos de batalla, le aconsejaban hacer una tregua necesaria antes de lanzarse al ataque decisivo.

-A veces es mejor conocer las cartas de adversario que las propias, luego siempre hay tiempo de sacar un as de la manga –Dijo desafiante Thomas, antes de sacar una carpeta, que tenía en el maletín que estaba junto a su sillón, a la vez que se sacaba del bolsillo interior de su chaqueta unas finas gafas.

Thomas Donaldson comenzó a descifrar, a través de una larga lista de nombres, fechas, hechos y datos diversos, la historia de la familia de Carlos Escobedo, sin que éste diese síntomas de la menor sorpresa, evidentemente esperaba esta parte del guión con serenidad espartana.

Tu bisabuelo, Elger, Elger Meyer, fue un próspero comerciante de Renania, que se arruinó totalmente tras el Crack del 29, cuando su hijo, tu abuelo Herman, apenas tenía 9 años. Herman no solo heredó su sangre sino sus más finos instintos, incluida una educada suspicacia para conseguir todo lo que se propondría. Tras el ascenso del Nazismo, Herman ingresó, como casi todos los adolescentes, en las Juventudes Hitlerianas, allí descubrieron sus altas y asombrosas capacidades sensoriales, como su agudeza visual y ese sexto sentido que acompañaría siempre a los Meyer. A los 15 años ya se encontraba en los servicios especiales y en víspera de la Guerra se encontraba en un destacado lugar de la guardia personal de Himmler, en parte gracias a su mentor, el General Emile Hoffman, agente doble y uno de los conspiradores del Complot contra Hitler. Herman, desde entonces, trabajaría para el que sería su suegro, al casarse con apenas 22 años con Ana Hoffman, tu abuela materna, un año antes del nacimiento de tu madre Sophie, un nombre que le encantaba a tu abuelo. Como bien sabes su destreza le permitió arrebatarle la cartera de Himmler, con la que descubrió su teoría sobre el hundimiento de la Atlántida y el Santo Grial. A través de Hoffman, en el MI6 conocimos que eran palabras claves. El hundimiento de la Atlántida hacía referencia a un estudiado plan B en caso de que se dieran los peores presagios para el nazismo. Si se producía el hundimiento del III Riech (la Atlántida) había que poner a salvo el Santo Grial. El Santo Grial que hacía alusión, también, al tesoro que se encontraba en el Templo judío de Salomón, era eso, el tesoro de los judíos, todas las riquezas que los nazis le arrebataron a los judíos en la Europa conquistada y que lo acumularon en forma de piedras preciosas, ya que el papel moneda no tendría ningún valor tras la derrota. Ante la pérdida de la guerra este fabuloso tesoro serviría para la resurrección de IV Reich. Sin embargo, otros ojos, como los de Hoffman o Herman Meyer, no eran tan idealistas y pensaban en su propio provecho. El plan consistía en llevar el fabuloso tesoro a un recóndito lugar seguro, situado en el interior boscoso de Paraguay y Brasil. Los cuatro submarinos seguirían distintas rutas con escalas comunes en la isla de Fuerteventura, donde recibirían el apoyo de la familia Winter, antes de llegar a la isla brasileña de Coroa Vermelha, desde donde el cargamento seguiría en pequeños hidroaviones hasta sus destino final. Sin embargo tu abuelo y los Hoffman tenían otras intenciones. El supuesto accidente de uno de los submarinos obligó desviarlo de la ruta, naufragiando para luego terminar en el fondo del Fiordo de Forth. Fue allí donde Herman, años mas tarde de terminar la guerra, con ayuda de los pocos que sobrevivieron, antes de quitárselos de en medio, fue llevando el fabulosos tesoro a un lugar seguro. Un secreto, que como le confesaría a tu madre, solo sabía que conocía su segunda mujer Amy o al menos tendría las claves para hallarlo.

De repente Thomas D. suspendió su monólogo, al ser interrumpido por los aplausos, espaciados pero fuertes, que Carlos daba vitoreándolo “¡Bravo, bravo!”.

-Hay que reconocer que tiene una mente creativa propia del mayor de los escritores. Dudo mucho que supiese todos esos detalles si realmente mi abuelo desapareció para siempre delante de sus propias narices –Dijo Carlos provocando que Walter, que ya estaba sentado junto a ellos, y el propio Thomas se mirasen seriamente antes de romper a reír.

-Vaya, no sé que he dicho de divertido –Dijo intrigado Carlos.

-En realidad el cornudo de tu abuelo no escapó, al menos sin que se le diera un buen repaso – Interrumpió Walter con cierto desprecio y resentimiento hacia el soldado alemán que ni siquiera conocía.

-¡Walter! –Le llamó la atención Sir Thomas, para después disculparse con Carlos- No le haga caso, aún hay en su noble corazón viejas espinas, que lo hacen rugir como una fiera herida. En realidad, sí encontramos a tu abuelo, nadie se enteró de ello, ni siquiera Amy, que creyó que lo había perdido para siempre, no nos interesaba que lo supieran.

-Sobre todo usted, Mayor Donaldson, que se estaba dando el lote con la vieja –Intervino Walter, que parecía desinhibido por el excesivo alcohol y que, ahora, le estaba pasando factura.

-¡Walter, no te permito que hables así! –Volvió a recriminarle Thomas D.

-¿”Nosotros”? ¿Quiénes eran nosotros? –Preguntó interesado Carlos.

-Bueno, el trío lo formábamos Winston Hutton, el Coronel O’ Rourke y yo, que era el más joven de los tres. Antes del interrogatorio estábamos al tanto de quién era realmente Herman Yoice, pero no nos imaginábamos qué se proponía realmente, hasta que encontramos unas piedras preciosas entre sus ropas. El mérito de la confesión fue de nuestro bruto irlandés, no había quién se resistiese, sobre todo después de unos cuántos tragos de buen güisqui.

-No sé, no me cuadra algunas cosas. Si realmente lo mataron cómo es que mi familia supo lo de las minas de Bruce –Preguntó desconcertado Carlos, mientras se escondía alguna carta. Realmente Carlos conocía el paradero de su abuelo, pero no toda la historia que había vivido.

-Lo tuvimos fuertemente vigilado. Nos llevó hasta un escondrijo, donde tenía guardado una pequeña parte de su tesoro, eso nos calmó momentáneamente, pero estábamos seguro de que eso sólo era la cabeza del iceberg. Como podrás imaginar, ya no se trataba de una misión del MI5, estábamos pensando en nuestros próximos 60 o 70 años de buena vida. Subestimamos al maldito Herman. Una mañana cuando llegamos Winston y yo a la casita donde lo teníamos retenido, muy cerca de Culross, nos encontramos con una estampa dantesca. El cuerpo del Coronel O’Rourke estaba destrozado e irreconocible. Herman se había ensañado con él hasta la saciedad: las orbitas de sus ojos estaban esparcidas por el suelo, el aire que respirábamos apestaba a carne asada y aún se apreciaba su cuerpo contorsionado sobre un barril, con todos sus huesos fracturados. Comprenderás ahora el resentimiento de Walter hacia tu abuelo –Dijo Thomas, mientras miraba a Walter cabizbajo resoplando y maldiciendo entre dientes.

- Vaya, tuvo que ser terrible –Dijo Carlos ante la anteta mirada de Walter, que parecía querer descubrir la sinceridad de las palabras de Carlos.

-Creo que ya hemos hablado demasiado, tú puedes contarnos la historia del otro lado –Dijo Walter, convidándolo a completar el relato.

Carlos sonrió y tras una breve pausa comenzó a reír.

-Evidentemente, mi madre no era una joven andaluza como suelo hacer creer, ni yo tengo vocación religiosa. En realidad mi madre, Sophie Meyer Hoffman, llegó a Argentina con mi abuela, Ana Hoffman, tras acabar la guerra, como muchos alemanes relacionados con el régimen hitleriano, que querían borrar su pasado y comenzar una nueva vida. Perseguidos por las organizaciones antinazis, no le fue difícil instalarse en países como Argentina, Uruguay, Chile, Paraguay o Brasil, mezclándose con la alta burguesía criolla. Muchos consiguieron la nacionalidad, de hecho, junto a sus hijos formaron parte de la oficialidad de los ejércitos de esos países, ocuparon altos cargos públicos, o crearon prósperos negocios. Mi abuela supo moverse, como era costumbre entre los Meyer, con soltura en esos ambientes, por lo que no era de extrañar que mi madre consiguiera casarse con un prestigioso y ambicioso militar argentino: Gonzalo Escobedo. Desde luego eso me abrió muchas puertas y me permitió hacer una brillante carrera diplomática lejos de los seminarios –Terminó diciendo Carlos que ahora reía buscando la complicidad de Walter que parecía más tranquilo a decir de su inesperada sonrisa.

-Gonzalo Escobedo… ¡menudo pajarraco es tu padre! –Dijo Thomas sin pensárselo mucho.

-¿Por qué lo dices? – Preguntó molesto Carlos.

-Todos saben que él estaba tras la Operación Cóndor, que con la complicidad de la CIA, se propusieron limpiar esos países de “peligrosos intelectuales subversivos” durante la Guerra Fría. Su relación con la CIA le permitió conocer a personajes sin escrúpulos y realizar sustanciosos negocios, los mismos americanos que fundarían años más tarde esa organización paramilitar de Purplestone, una organización que cuesta diferenciarla de la Mafia -Dijo Thomas.

-¿No querrás, ahora, acusarme de se de Purplestone? –Dijo Carlos, incrédulo sin dejar de sonreír.

-No, pero no me extrañaría que tu propio padre le contara la historia a esa gente. No es que me crea lo de la raza aria, pero me da que a tu sangre argentina le falta algo más de sentido común –Preciso Thomas.

-Bueno, tampoco ustedes van a presumir de escrúpulos. Yo reconozco que siempre he intentado aprovecharme de las situaciones, a veces eso me pasa factura, aún me recuerdan por ahí, como la gente de la OMS, pero siempre logro superar mis problemas de conciencia en las Islas Caimán –Dijo Carlos antes de romper todos a reír.

-Caballeros, sin duda son muchas las cosas que nos unen. Debemos superar el pasado para mirar hacia un futuro prometedor. Entre todos podemos lograr ver cumplidos nuestros sueños. Nos necesitamos, esa es la clave. Todo es cuestión de saber jugar nuestras piezas y saber protegernos de nuestros adversarios –Dijo Thomas levantándose y alzando su vaso de güisqui que fue respondido por sus contertulios de la misma manera.

Continuará



Capítulo 33


Mientras el viejo Walter y el español, cazcaleaban camino de las entrañas de la Old Town, en busca de la urdimbre que teje una ciudad dormida, Sophie cerraba la puerta de la casa que hasta hacía menos de una semana compartía con su abuela. ‘Sólo hace una semana, cuando me levanté para ir a casa de Jack, ella estaba preocupada por mi salud, porque le había despertado pidiéndole que reveláramos el secreto del mineral a los militares’, pensó. Se trataba de una idea insistente dentro de su mente, que tenía cierta tendencia a las obsesiones, a rumiar el mismo tema una y otra vez.

Sentía que el inicio de la madrugada del sábado se revolvía como un gato inquieto, como si acechara el peligro por todas partes, como si barruntara la llegada de un depredador, acaso porque había sido la primera noche que había salido después de toda la semana, o porque la del viernes anterior había sido la última que había compartido con Amy bajo el mismo techo, o quizá por el intenso diálogo con Escobedo…

Todo lo que acababa de suceder en la emisora, era el colofón de varios días que habían asendereado su corazón, hasta dejarlo hecho un harapo que milagrosamente aún latía. Sin embargo, había emergido fuerte, acaso más hermosa, como esos diamantes que adquieren todo su brillo una vez que el tallador ha utilizado sin piedad los trebejos propios de su oficio consistente en golpear, cincelar, pulimentar, en fin, arrancar de la piedra aquellas adherencias que ocultan la verdadera belleza que atesora. A su alrededor todos se habían portado con ella con delicadeza, como si en vez de Sophie Mathews hubiera sido una frágil copa tallada en cristal de Bohemia. Sin embargo habían sido jornadas vestidas con túnica de dolor, de sufrimiento, como si hubiera caminado por una calle cuyo empedrado fuera la amargura. Por más que intentaba recordar, no acudían a su cabeza cosas tan elementales como las comidas que había hecho desde aquella fatídica hora del domingo. Sólo se recordaba mordisqueando galletas de jengibre sin ningún apetito, bebiendo té o cervezas, que a veces acompañaba de un pedacito de haggis de ciervo.

Desde el momento en que los médicos le mandaron salir de la habitación, para atender el supuesto desmayo de Amy, intuyó que había presenciado su muerte. Por mucho que su garganta se desbocara en una súplica, nada se pudo hacer por aquella mujer de setenta y cinco años, vividos en su gran mayoría en el quicio del dolor, del peligro y del sufrimiento: un marido desaparecido, secuestrado, probablemente muerto, un hijo huido a tiempo en las antípodas, una hija y su yerno que se habían esfumado en la oscuridad de un callejón fétido, y el miedo a que su nieta fuera como una cordera al acecho de la manada de lobos. Cuando el cerebro de Sophie supo lo que su corazón había adivinado, sintió la soledad con la rotundidad del hielo polar sobre la piel. El tiempo tomó otra dimensión. Nada ocurría fuera de ella. El exterior estaba muy alejado y no servía para nada. Por un momento se sintió caer por un precipicio de muchos cientos de metros.

Sólo recordó a Deborah.

A pesar de las palabras de Amy que señalaban a Jack como valedor y protector, no se terminaba de fiar de su jefe. Tampoco conocía a su padre, el tal Thomas Donaldson… No a las horas del ocaso del domingo. El martes, y debido al gran parecido con su hijo, adivinó que aquel hombre de tanta edad que arrojaba tierra sobre el féretro de la abuela era al que ella debía tanto, el padre de su jefe…

Tampoco Carlos Escobedo le pareció la mejor solución para el consuelo durante la zozobra… Si aquel hombre no la hubiera rechazado la madrugada del viernes, si no se hubiera sentido despreciada por su actitud en la emisora, quizá hubiera optado por sus brazos poderosos; pero él mismo había cerrado ese camino, esa puerta que ella le abrió como nunca antes había abierto a otro hombre. Quizá el profesor James Smith hubiera sido una idea más acertada, pero no se le ocurrió; simplemente no estaba en su cabeza como posible tabla a la que sujetarse después de un naufragio. Pensaba en él como en un confidente en asuntos paranormales, pero no como alguien que pudiera haberle sido de ayuda en momentos tan difíciles. Quizá se equivocó, pero ya nunca lo sabría. A la fatídica hora del ocaso del domingo, sólo recordó a su amiga. No le quedaba nadie más en el mundo. Deborah, sólo su amiga Deborah.

Apenas pudo articular palabras.

— Deborah… Deborah… Amy… Amy…

— ¿Sophie, ocurre algo…? ¿Qué le ha pasado a tu abuela…?

— …

— ¡¡¡Sophie!!!

— La abuela ha muerto, estoy en el hospital…

Y luego una grisalla que velaba todo cuanto tenía ante sus ojos. Como una niebla densa y fría… Aquella primera noche fueron a casa de su amiga. Bajo ningún concepto permitió la detective que las primeras horas transcurrieran en la soledad de la casa de Amy. Deborah llamó a alguien y después de colgar le dijo a Sophie que se olvidara de todo. Vagamente intuyó que el nombre de Jack era amasado por los labios de su amiga.

Sophie no hablaba, como si su viejo silencio de la infancia y de la adolescencia hubiera reaparecido con potencia sellándole los labios. Mientras, en su interior colisionaban como trenes de mercancía pensamientos contradictorios. Después de varias horas, el sueño derrotaba a su amiga, quien, a pesar de los esfuerzos, no podía sostener los párpados. Cuando se quedó sola en aquella habitación extraña y acogedora, una mezcla de dolor y de recuerdos formó una densa y viscosa sustancia en su pensamiento. Las palabras de Amy se mezclaban con esa fotografía del instante en que dejó de respirar. El único afán de Sophie era ser mármol donde se cincelaran para siempre las palabras que constituían el verdadero testamento de la abuela, el único que le interesaba guardar en su corazón palabra por palabra.

Sin olvidar ni una.

Esos minutos densos con sus pausas y sus frases entrecortadas a causa del tremendo esfuerzo que suponían para su abuela, se repetían una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez…, sin descanso, con la intensidad de martillo automático que fracturaba el pavimento. Pero ella deseaba ese recuerdo, deseaba ese tormento, porque era mucho menos dañino que avanzar el pensamiento hacia el siguiente segundo de la tarde, el instante en que la pálida cara de su abuela, surcada por las cicatrices de la vida, se derrumbó hacia el hombro sano, y sus ojos azules, como el cielo frío del invierno, se cerraron para siempre.

Poco a poco, como si la constante repetición del monólogo de Amy fuera necesaria para encontrar alguna clave escondida, comprendió que, detrás de la desesperada búsqueda de sus padres, su caminar de coja era acechado por una mano más poderosa y larga de lo que su inocencia suponía. Empezó a intuir que la desaparición de sus padres la tremenda noche del callejón, se relacionada con la de su abuelo. Aunque Amy no unió ambas tragedias, ella intuía un eslabón que enlazaba las generaciones. Aquella madrugada fue imposible dar un solo paso más. El dolor era más potente que el recuerdo.

El lunes fue peor. Vivió la jornada como una injusta y cruel condena. Alguien supo cómo localizar a su tío en Sudáfrica, quien le habló durante unos pocos minutos, otorgándole el poder. Todo lo que hiciera ella estaría bien hecho, pues le era imposible viajar hasta Escocia. Tuvo la impresión de que Charles Joyce no quería saber nada de su madre. Es como si para él hiciera tiempo que había muerto.

Deborah tampoco permitió que la noche del lunes volviera a su casa. Durante todo el día estuvo pendiente de cada uno de sus movimientos con discreción. Le obligó a comer algo que había por casa, un huevo duro, un sándwich vegetal, poco más. Intentó inútilmente que descansara, ya que la noche fue una gota de agua de la anterior, aunque poco antes del amanecer, un atisbo de plan afloró en su mente. Si Deborah, además de amiga y confidente, era detective, compartiría con ella la confesión de su abuela.

Durante el servicio religioso previo al entierro, estuvo ausente. Cualquiera que mirase su gesto impasible y la posición erguida de su tronco, pensaría sin remedio en la entereza de aquella joven; sin embargo no imaginarían que su cabeza estaba fuera de aquel lugar, de aquel tiempo, de aquello para lo que supuestamente habían acudido al templo.

En el entierro, con aquella rosa en la mano, junto a Deborah, mientras la misma escena de los últimos minutos con vida de su abuela se repetía con machaconería y amenazaba con hundirla en presencia de tantas personas presentes en el funeral, por fin atravesó el círculo y salió del cerco de sus propios pensamientos y voló hasta el recuerdo de la celda de comisaría. El asco que sintió le produjo una náusea invisible, pero la constatación de su fortaleza y su victoria fue un alivio, y por una vez desde el domingo sintió que la niebla era menos densa. El resto de aquel día nefasto y el miércoles transcurrieron como jornadas en un laberinto. Sólo la llamada de Jack para decirle que no tuviera prisa en volver a la oficina, que se tomara el tiempo que creyera necesario, fue un islote que le alivió. Al menos no se enfrentaría al mundo de los vivos.

El jueves volvió a su casa, a casa de su abuela. Deborah no pudo evitarlo, aunque lo intentó. Pero Sophie la convenció, más que con sus palabras, con ese gesto decidido, con ese tono que no admitía discrepancia posible:

— Deborah, algún día tiene que ser el primero. No te preocupes. Sé que me dolerá, pero es mejor que suceda cuanto antes… — Sonrió con tristeza, antes de continuar. — Además, no te desharás tan pronto de mí, mañana quería que vinieses a la hora del té… Justo antes de morir, mi abuela me contó algo que convendría que supieses. Hoy no tengo fuerza para repetirlo…

Al quedarse sola, entre aquellas paredes que aún acunaban el aroma y el reverbero de la voz de Amy, todos los recuerdos se abalanzaron sobre ella y no pudo hacer nada, salvo pasearse por la casa, como si con su anadeo, acentuado por el dolor del corazón y por la ausencia, fuera a escucharla: ‘¿Sophie, te ocurre alguna cosa?’ Por culpa de ese dolor, no había captado el cambio en la mirada de Deborah cuando ésta escuchó el motivo de la invitación para que regresara allí al día siguiente. Los ojos de la detective afilaron su mirada de felino al acecho sobre la presa fácil.

En realidad no lo pudo evitar.

Cuando Sophie cerró la puerta quedándose a solas con su soledad, Deborah no se sintió bien. De nuevo el peligroso juego de las apariencias, engaños y deslealtades, le ponía al borde de un precipicio. Como una especie de acto de justicia, pensó que si Sophie decidía estrangularla con sus propias manos, ella comprendería a su joven amiga y no protestaría. Se despreció por semejante forma de definir a la cojita en su mente. ¿A una amiga se le traiciona de este modo? Este juego le estaba empezando a pasar factura en su interior, pero la presión de Jack Donaldson y sobre todo la de ‘Purplestone’ eran insoportables. Bastante hacía ella con guardar la información y sólo entregar retales sin mucho sentido. Preferiría no saber y, de hecho, en muchas ocasiones actuaba como si no supiera. Aunque le resultaba humillante aparecer ante sus poderosos clientes como una inútil redomada, prefería aguardar a que el tiempo decantara la trama. Ella estaba convencida de que ‘Purplestone’ le ocultaba datos. Sospechaba que cobraba de ellos, no en calidad de detective o investigadora, sino de dama de compañía. Tenía la sensación de ser una simple correveidile. Sin embargo, en la última semana, el asunto había dejado de ser un volcán dormido, y había estallado en una erupción que amenazaba con llevársela por delante.

Haber recibido el encargo de ordenar el asesinato de Edward McCulligham había sido el pistoletazo de salida. ‘¿Alguien en su sano juicio creía que Eddy era un peligro para la organización, sólo por estar en la proximidad del Winston Hutton y haber coincidido con Sophie una noche?’ Esa pregunta le iba y le venía con la misma insistencia que la lluvia de Edimburgo durante el otoño. Su muerte había sacado a escena todos los personajes que hasta entonces trabajaban a la sombra, como ella misma.

Nada más llegar a su casa, Deborah abrió la caja fuerte que ocultaba en su despacho y de allí sacó todo el dossier donde almacenaba cada dato del caso. Tenía que refrescar todos los detalles antes de la tarde siguiente. No podía perder la oportunidad que le iba a regalar Sophie. Debería informar a ‘Purplestone’, pero no lo haría de inmediato. Esperaría a que Sophie le contase lo que Amy le había desvelado. Quizá no fuese tan importante.

Sin sospechar siquiera que su amiga releía toda la información que tenía sobre ella, incluyendo las reproducciones de las fotografías que había obtenido de su cuaderno, que ya estaban convenientemente aumentadas para permitir su cómoda lectura, Sophie continuaba su deambular arrítmico por la casa de Amy. Como si la decisión de Deborah, hubiera suscitado un movimiento reflejo de su voluntad, corrió a su dormitorio y tomó ese cuaderno, para repasarlo desde el principio.

De inmediato supo que aquella noche también sería otra noche en blanco.

Pero de pronto, como una profecía, el perfume que se había impregnado en las hojas del cuaderno, le habló con más rotundidad que cualquier otra cosa. Hasta su cerebro, a través de la pituitaria, llegó el débil eco de la fragancia usada por su amiga. Aquel maldito y torpe médium lo captó de inmediato, tenía facultades para descubrir secretos de las personas a través de las fragancias con que impregnaban todas las cosas. Ese eco en forma de levísimos efluvios se convirtió en un aviso, un grito de advertencia, una señal de prohibido. Supo que lo que le había contado su abuela, tenía que guardarlo en su corazón. Ni siquiera escribirlo en el cuaderno, porque ya no era un lugar seguro.

No sabía explicar cómo, pero la pregunta le martirizaba, ‘¿Por qué Deborah leyó el cuaderno, si me lo dejé en la oficina…? ¿Por qué Deborah no ha dicho nada al respecto? ¿Y si Deborah me engaña…?’

Acababa de nacer otro monstruo en su corazón. Otro miedo. Otra duda que, siendo absoluta y dolorosamente sincera consigo misma, no era duda. Si Deborah no era su verdadera amiga, estaba sola en el mundo, como si viviera en una isla. Por un instante, la muerte de Edward volvió a ella. En cuatro días justos se había quedado sin su amigo de la infancia y sin su abuela, y ahora sin su amiga.

Temió enloquecer. Avanzaba la madrugada del jueves al viernes, y percibió que bajo sus pies nada tenía sentido, todo se tambaleaba… Y por si fuera poco, aquel médium acechando sus recónditos pensamientos.

Y se dio cuenta, casi estaba a punto de amanecer, que ella era fuerte. Sentía el gusto amargo que le dejaba aquella pelea sin sangre y sin piel desgarrada en el interior de la celda, sentía el eco del dolor en sus entrañas, pero al mismo tiempo había otra consecuencia, la confirmación por vía de los hechos de lo que tantas veces le había repetido el profesor Smith.

— Tu mente, pequeña, es muy fuerte, una de las más fuertes que nunca he conocido. Ya sé que no me crees, pero tendrás la oportunidad de comprobarlo cualquier día. Con lo que te explicaron tus padres, con los conocimientos que has adquirido y con el entrenamiento adecuado eres invencible. No lo olvides, invencible…

Por fin durmió unas horas aquella mañana de viernes. Cuando despertó tenía claras tres cosas: nadie más dirigiría su vida, nadie, salvo quien ella decidiera, conocería sus verdaderos pensamientos, James Smith era digno de su total confianza. Tales decisiones no le aliviaron el dolor, pero sintió que, de nuevo, volvía a ser firme el suelo que pisaba. Llamó a Deborah para cancelar la cita. Era lo más urgente. Pretextó una terrible jaqueca y que necesitaba dormir o enloquecería. Sabía que la detective no la creería, y aunque el fondo de la cuestión no estaba en aquellas excusas baratas, era verdad que la migraña amenazaba con partirle la cabeza en dos, era cierto que necesitaba dormir y sospechaba que estaba a punto de enloquecer. Desde que era una niña, abrumada por las burlas de sus compañeros, había pensado muchas veces que el mal es fuerte y poderoso. Desde que presenció el modo en que arrancaron a cuajo de su alma y de su vida la presencia de sus padres, y escribió “Brota la sangre en tu garganta de piedra” supo que hay diferencias, y no sólo de matiz, entre el mal y lo perverso. Pero, por suerte, hasta entonces no había llegado a probar el sabor podrido de la traición. De repente la persona en quien más confiaba se le aparecía como la más peligrosa, pues había violado sus más íntimos secretos.

Efectivamente, Deborah no creyó la excusa, e intuyó un cambio en Sophie. No hacía falta ser muy hábil para detectar la profundidad de la variación. Y se sintió mal, ofendida y, al mismo tiempo, asustada. No sabía qué podría haberle hecho a Sophie cambiar de actitud ante ella, y esperaba que fuera algo muy pasajero, pero sabía que si ella no estaba cerca de la muchacha, Sophie corría peligro.

Cuando despertó, Sophie se preparó para el programa. Carlos, probablemente no la esperaba y estaba decidiendo cuál de los viejos programas emitiría. Así que le llamó confirmando su presencia a la hora de siempre. Pero se llevaría una sorpresa. El español no sabía que dentro de aquel cuerpo, que no se desnudaría del todo para él y para la audiencia, habitaba una nueva Sophie, una Sophie que había decidido hacerse con las riendas de sí misma, que había determinado ser ella misma, y no ser vivida por otros.

Pero no todo había sido tan fácil. Ahora que la madrugada era un gato de lomo negro, ahora que ella intuía que muchas fuerzas poderosas acechaban su paso tartamudo, sentía que Carlos no se merecía tanta dureza por su parte. Sentía que quizá aquel español era mejor refugio para su corazón de lo que parecía. Era cierto que hacía una semana, a pesar de su explícita proposición, el hombre la había rechazado; pero quizá hubo más miedo que desprecio en ese rechazo. Intuía que a poco que se lo propusiese, terminaría por morder el anzuelo. No sería la primera vez que un hombre maduro acaba transitando el cuerpo y el corazón de una joven. Sophie no sabía aún que aquella mirada ardiente de Carlos Escobedo no era transparente, sino un escudo de acero que impedía descubrir en él alguien frío e implacable capaz de cualquier cosa, de cualquier delito, por acrecer el dinero en alguna cuenta secreta, cifrada y millonaria en las Islas Caimán.

¿Dentro o fuera?



Francisco escribió el otro día un artículo refiriéndose a los sentimientos y sensaciones durante la escritura del capítulo 32 de esta novela, cuya pluma dio forma vigorosa y magnífica.
En los comentarios al mismo, Ana Joyanes, expuso sus propios sentimientos.
El resumen de ambos, creo, es el título de este articulillo: ¿Dentro o fuera?
Lo pregunto de otro modo. ¿El escritor está dentro del personaje, se metamorfosea en él, o actúa como una cámara que filma lo que ve sin que le vean?
Mi opinión es que depende.
Hay ocasiones en que estás dentro y en otras estás fuera. Unas veces te conviertes en cámara de rayos X que es capaz de radiografiar hasta los suspiros del personaje, en otros momentos eres el más sagaz de los reporteros dicharacheros del barrio, en los más excelsos instantes del oficio, algo/alguien, se apodera de ti y no eres tú exactamente, mientras que otros casos eres un detective, más o menos sagaz, que, más que ver y anotar, investigas…
Y en el último capítulo he sido un detective.
Y no es la primera vez.
Cuando escribí Muerte en noviembre (que es novela policíaca) fui reportero que seguía a un periodista y al policía. Acabé agotado. Pero cuando escribí Aquel sábado lluvioso, (que no es policíaca, ni de cerca) al menos en un capítulo me sentí detective, porque por casualidad descubrí la llave que me abriría la puerta que se me cerraba...
Pero un detective torpe.
Así me he sentido al escribir este capítulo 33. Lo descubrí de sopetón y eso que lo tenía delante de mis narices... nunca mejor dicho.
Les cuento...
Sophie había entrado en casa, después de haber dejado a medias y de mala manera su famoso programa en Radio Britannia, y de paso haber dejado a Escobedo más mosqueado que un pulpo en Galicia, o que un cochinillo en Segovia (no hiramos susceptibilidades, que no es eso). Llegué tarde, ya había cerrado la puerta. Me di cuenta que no dormía. Lo primero que descubrí es que no lo había hecho en toda la semana. Y que estaba intranquila muy intranquila. Uno, obviamente, iba avisado, pues los compañeros ya habían especificado algunos detalles que facilitan (y mucho) la tarea: Amy había muerto, la habían enterrado en un acto emotivo y tranquilo y, unos días más tarde, Sophie surgía renovada y fuerte.
Me pregunté qué había sucedido en el interior de Sophie para que se produjera ese cambio. Y claro no me quedó más remedio que disfrazarme de detective. En realidad esto fue una solución un poco desesperada, porque, con mi habitual cara dura, esperé a que llegara ella a mí y tomara mis dedos como hizo en otra ocasión y me ahorrara la escritura del capítulo, pero esta vez creo que dijo que a mí me pagan en esta empresa por escribir así que ya estaba bien de tanto escaqueo.
Me vestí con la gabardina, el sombrerito, llevaba la lupa y saqué a pasear la vieja pipa. No, no teman, no encendí el artilugio, pues no se trataba de dejar rastro y menos aún huellas aromáticas, pues ya sabía yo gracias a mi compañera Dácil que esta joven tiene capacidades para descubrir en cualquier aroma un montón de cosas, en realidad lo hice por una cuestión de tradición: ¿hay algún detective que se precie que camine por las calles británicas sin una cachimba en sus manos?
Por suerte había otra pista entre los capítulos de los otros seis mosqueteros, Dácil había dejado caer que Deborah, melena ondeante al viento, estaba al lado de nuestra protagonista en el momento del entierro. Esto fue suficiente para deducir (‘Elemental, mi querido Watson’) que la investigadora privada había actuado como amiga en estos días. Esa gran amiga que ofrece lo mejor de su hospitalidad para acoger el sufrimiento de Sophie…
Como Sophie no hacía otra cosa diferente que pasear por la casa en silencio y suspirando, decidí acercarme donde vive Deborah, por ver si ella me ayudaba en algo. Y allí es cuando me di cuenta de todo. Fue una revelación... En realidad una ventana iluminada llamó mi atención. La descubrí mientras abría la caja fuerte de su estudio. Y entonces caí en la cuenta, esta fue la casualidad, la suerte que a veces de modo inexplicable sonríe a los escritores: Deborah recibe salarios de más de un pagador.
‘¡Cuidado, Amando! ¡Cuidado con Deborah!’ pensé.
Retorné rápido a la casa de Amy y llegué a tiempo. Sophie había tomado su cuaderno, y la observé justo en el instante en que su nariz se encogía levemente, y su mirada, casi automáticamente, parecía descubrir el cuchillo de la traición.

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