Cuando entraron en Deacon Brodie’s Tavern, después de atravesar numerosas calles edimburguesas, Walter y Carlos parecían amigos de toda la vida, uno reía tras los comentarios del otro, que a su vez era respondido con el mismo efecto, la gélida noche se fundió con el calor que los dos hombres se propusieron propagar en una propuesta de amistad, al menos eso parecía ante la vista de todos. Cuando llegaron a la puerta del pub, Carlos, dándole una palmadita en la espalda de Walter, lo convidó a entrar, como si fuera su huésped. Sin duda alguna, existía una simpatía mutua, una complicidad, en la que las miradas y los gestos, a veces, sustituían a las palabras. Sus rostros agradecieron el vaho cálido, que los recibió al abrir la puerta del local, y, tras quitarse y colgar los abrigos, atracaron en la barra, como si fuesen viejos lobos de mar curtidos en mil batallas. A pesar de estar el bar concurrido, el barman, algo mayor que Walter, acudió de inmediato, al advertir el leve gesto que realizó el dueño del Viejo Diván. Martin se acercó portando una sonrisa postiza y saludando protocolariamente a Walter con mucho respeto.
-¡Vaya es todo un honor verlo por aquí, Mr Rourke!
-Anda Martin, ahórrate tu pedantería y ponnos unos gins and bitter lemon –Dijo Walter mirando a Carlos, que con un gesto dio su aprobación. El camarero dio media vuelta rápidamente, al comprobar que el distinguido cliente no quería ser molestado.
-¡Vaya, pues si que te tienen respeto por estos lares! –Dijo sonriendo Carlos provocando que Walter riera disimuladamente.
-No puedo evitarlo, Carlos, no me va la gente falsa e hipócrita.
-A mí me ocurre lo mismo, aunque hay momentos que uno no puede evitar aparentar lo que no se es. ¿No crees?
- Sii… -Dijo carraspeando Walter- En efecto yo soy así, me gusta nadar y guardar la ropa. Mi trabajo me exige discreción, no siempre me puedo mostrar como soy, tengo que lograr que mis clientes se encuentren cómodos, no importa si me caen bien o no. Mi opinión no cuenta, es como estar prostituido de alguna manera.
-Claro, te entiendo –Dijo Carlos riendo- …con que prostituido, ¡pues entonces eres una puta fina! ya lo creo que sí –Dijo Carlos desternillado provocando que Walter diese una sonora carcajada.
-Sí, Carlos, de alguna manera es así, la vida te enseña muchas cosas, solo tienes que prestarle la máxima atención para conseguir lo que quieres y cómo hacerlo. Yo no he tenido una vida fácil, pero he intentado sacarle el máximo partido. Me crié en un mísero pueblo de las frías Highlands. Mis padres estaban enfermos y no pudieron darme estudios, tuve que luchar duramente para salir adelante y ayudar a los míos. He trabajado en todos los oficios que te puedas imaginar y, al final, conseguí los ahorros suficientes para montar el Viejo Diván, mi gran sueño –Dijo Walter con mirada orgullosa y cierta satisfacción.
-Te aseguro que sé lo que es eso –Dijo Carlos- Yo nunca he tenido a mi lado a nadie que me apoyara. Mi madre se quedó embarazada muy joven, eso en aquella época era imperdonable en el sur de España, se vio en la calle, sin nadie quien le ayudara, casi no me acuerdo de ella, mi vida pasó entre el seminario y numerosos trabajos, donde supe moverme con agilidad y relacionarme con gente importante, no dejé escapar las oportunidades y me convertí en un hombre de éxito, un hombre que no le debe nada a nadie –Terminó de decir Carlos, mientras miraba el interior de su copa, que sostenía con su mano derecha y se apoyaba acodado en la barra. Cuando pronunciaba las últimas palabras sonó la campana que anunciaba la última copa antes de que el local cerrara.
Walter parecía encontrarse a gusto con su nuevo amigo y los augurios de la campana parecían echar a perder una noche agradable. Los dos lamentaban el próximo cierre mirando el reloj victoriano que había colgado a un lado de una columna.
-Vamos, te llevaré a un sitio que te gustará –Dijo Walter mientras se levantaba, sin esperar la respuesta de Carlos, que lo siguió sin rechistar.
El taxi serpenteó descendiendo por una colina en las afueras de la ciudad hasta llegar a un conjunto de casas, junto al recodo de un río. Cuando se bajaron del automóvil, Carlos indagaba el oscuro escenario, empañado por la neblina que se deslizaba velozmente por el suelo; respiraba profundamente el aire frío y cortante, que parecía batir su rostro violentamente, como si quisiera olfatear en busca de algún indicio que le permitiese ordenar sus ideas y entender donde estaba. Todo parecía indicar que aquel recóndito lugar era un escondite solo apto para piratas, aquellos que tienen algo que esconder, como un tesoro.
Se sentía seguro con su nuevo amigo, le parecía honesto, al menos tanto como él. Tras golpear la vieja y pequeña puerta, ésta se abrió después de oírse un corto ruidito estridente. Un oscuro y largo pasillo, rodeado de grandes barricas decoradas con telarañas, llevó a los dos hombres hasta unas escaleras, por las que se descendían hasta una habitación más iluminada, desde allí salieron al exterior y, tras cruzar un patio, volvieron a entrar en el edificio por su planta más baja. Walter se mostraba indiferente, caminaba seguro y sin dudar, como si conociera aquel laberinto a la perfección, ante las miradas estupefactas de Carlos que comenzaba a sentirse un tanto incómodo. Al entrar se encontraron a varios hombres trajeados fumando y tomando unas cervezas, mientras jugaban al póquer, sin que apenas se esforzaran en saludar a Walter. Una nueva puerta comunicaba con una gran habitación, un poco oscura, donde se adivinaba una barra y varias mesas, sin embargo sólo había alguien en la mesa del fondo.
-¿Qué es todo esto? –Le preguntó Carlos deteniendo a Walter al sujetarlo por el brazo.
–No tienes nada de que preocuparte. Ven, te presentaré a alguien que te va a interesar –Dijo Walter haciendo que Carlos dirigiera su mirada hasta el fondo.
Cuando llegaron hasta allí, Thomas Donaldson lo invitó a sentarse, mientras Walter los presentaban.
-Vaya entonces es usted el misterioso personaje del que tanto he oído hablar –Le Dijo Carlos.
-No más que usted, hijo, no más que usted, señor ¿Escobedo? –Dijo Thomas, cuando Walter se excusaba para ir a preparar unas copas tras la barra –Tenía mucho interés en conocerlo –continuó diciendo.
-No más que yo, no más que yo, señor ¿Donaldson? –respondió Carlos, imitando a su interlocutor, sonriendo y provocando la risa de Thomas D.
-Parece que no está usted muy…sorprendido Mr Escobedo, quizá había pensado encontrar otro lugar más… ¿divertido?
-No, no se preocupe Mr Donaldson, es el lugar perfecto, Walter no podía haber encontrado otro lugar mejor.
-Sí, Walter tiene muy buen gusto a pesar de ser un maldito irlandés –Replicó Thomas D, mientras se oía reír a Walter tras la barra.
-¿Irlandés? –Preguntó, casi protestando Carlos Escobedo- ¡Jodido camarero prostituido! –Gritaba, pero sin enfadarse, como si siguiera un guión preestablecido- Y pensar que me dio lástima tus padres pobres y enfermos.
-Ja, ja, ja, si lo oyera su padre, el Coronel O’ Rourke, se le torcería el bigote –Dijo, muy divertido, Mr Donaldson.
-Bueno, no es para tanto –Dijo Walter- Reconozco que lo de tu joven madre soltera y tu vocación seminarista estuvo mucho más elaborado. No sé de qué te quejas. ¡Pero si ni siquiera eres español! Muchas veces he visto como te repugnaba ver el jamón serrano que te ponía delante, sin embargo hay que reconocer que das el pego, buen acento español, sí señor.
-Entonces, el Viejo Diván es toda una tapadera de la Organización –Dijo reflexivamente Carlos Escobedo.
Sí, es donde ponemos el sebo, como Sophie Mathews y acuden depredadores como tú, que no dudan en utilizarla en su propio beneficio –Dijo Thomas algo molesto- tienes suerte, ejerces una gran influencia sobre ella, lo sabes, quizá esa sea una suerte que se pueda compartir.
-¿A qué te refieres? –Pregunto expectante Carlos.
-Lo sabes muy bien, eres muy ambicioso, como toda tu familia, en eso nos parecemos mucho. Somos capaces de hacer cualquier cosa con tal de conseguir prosperar, enriquecernos, ser poderosos, sentirnos que estamos muy arriba. Es como la sensación de volar y sentirte libre, aunque luego se nos quemen las alas como en el mito –Dijo Thomas, mientras miraba el vaso de güisqui que removía delicadamente.
-Pareces que sabes mucho de mi familia, debes jugar bien al póquer, se te dan bien los faroles –Le dijo Carlos a Thomas, sonriendo antes de tomar un trago, como si le aburriera lo que estaba oyendo.
Sir Thomas se sintió menoscabado por la apreciación de Carlos y su indolencia provocó que se exasperara. Sin embargo, la experiencia y la sicología, aprendida en tantos años y en tantos campos de batalla, le aconsejaban hacer una tregua necesaria antes de lanzarse al ataque decisivo.
-A veces es mejor conocer las cartas de adversario que las propias, luego siempre hay tiempo de sacar un as de la manga –Dijo desafiante Thomas, antes de sacar una carpeta, que tenía en el maletín que estaba junto a su sillón, a la vez que se sacaba del bolsillo interior de su chaqueta unas finas gafas.
Thomas Donaldson comenzó a descifrar, a través de una larga lista de nombres, fechas, hechos y datos diversos, la historia de la familia de Carlos Escobedo, sin que éste diese síntomas de la menor sorpresa, evidentemente esperaba esta parte del guión con serenidad espartana.
Tu bisabuelo, Elger, Elger Meyer, fue un próspero comerciante de Renania, que se arruinó totalmente tras el Crack del 29, cuando su hijo, tu abuelo Herman, apenas tenía 9 años. Herman no solo heredó su sangre sino sus más finos instintos, incluida una educada suspicacia para conseguir todo lo que se propondría. Tras el ascenso del Nazismo, Herman ingresó, como casi todos los adolescentes, en las Juventudes Hitlerianas, allí descubrieron sus altas y asombrosas capacidades sensoriales, como su agudeza visual y ese sexto sentido que acompañaría siempre a los Meyer. A los 15 años ya se encontraba en los servicios especiales y en víspera de la Guerra se encontraba en un destacado lugar de la guardia personal de Himmler, en parte gracias a su mentor, el General Emile Hoffman, agente doble y uno de los conspiradores del Complot contra Hitler. Herman, desde entonces, trabajaría para el que sería su suegro, al casarse con apenas 22 años con Ana Hoffman, tu abuela materna, un año antes del nacimiento de tu madre Sophie, un nombre que le encantaba a tu abuelo. Como bien sabes su destreza le permitió arrebatarle la cartera de Himmler, con la que descubrió su teoría sobre el hundimiento de la Atlántida y el Santo Grial. A través de Hoffman, en el MI6 conocimos que eran palabras claves. El hundimiento de la Atlántida hacía referencia a un estudiado plan B en caso de que se dieran los peores presagios para el nazismo. Si se producía el hundimiento del III Riech (la Atlántida) había que poner a salvo el Santo Grial. El Santo Grial que hacía alusión, también, al tesoro que se encontraba en el Templo judío de Salomón, era eso, el tesoro de los judíos, todas las riquezas que los nazis le arrebataron a los judíos en la Europa conquistada y que lo acumularon en forma de piedras preciosas, ya que el papel moneda no tendría ningún valor tras la derrota. Ante la pérdida de la guerra este fabuloso tesoro serviría para la resurrección de IV Reich. Sin embargo, otros ojos, como los de Hoffman o Herman Meyer, no eran tan idealistas y pensaban en su propio provecho. El plan consistía en llevar el fabuloso tesoro a un recóndito lugar seguro, situado en el interior boscoso de Paraguay y Brasil. Los cuatro submarinos seguirían distintas rutas con escalas comunes en la isla de Fuerteventura, donde recibirían el apoyo de la familia Winter, antes de llegar a la isla brasileña de Coroa Vermelha, desde donde el cargamento seguiría en pequeños hidroaviones hasta sus destino final. Sin embargo tu abuelo y los Hoffman tenían otras intenciones. El supuesto accidente de uno de los submarinos obligó desviarlo de la ruta, naufragiando para luego terminar en el fondo del Fiordo de Forth. Fue allí donde Herman, años mas tarde de terminar la guerra, con ayuda de los pocos que sobrevivieron, antes de quitárselos de en medio, fue llevando el fabulosos tesoro a un lugar seguro. Un secreto, que como le confesaría a tu madre, solo sabía que conocía su segunda mujer Amy o al menos tendría las claves para hallarlo.
De repente Thomas D. suspendió su monólogo, al ser interrumpido por los aplausos, espaciados pero fuertes, que Carlos daba vitoreándolo “¡Bravo, bravo!”.
-Hay que reconocer que tiene una mente creativa propia del mayor de los escritores. Dudo mucho que supiese todos esos detalles si realmente mi abuelo desapareció para siempre delante de sus propias narices –Dijo Carlos provocando que Walter, que ya estaba sentado junto a ellos, y el propio Thomas se mirasen seriamente antes de romper a reír.
-Vaya, no sé que he dicho de divertido –Dijo intrigado Carlos.
-En realidad el cornudo de tu abuelo no escapó, al menos sin que se le diera un buen repaso – Interrumpió Walter con cierto desprecio y resentimiento hacia el soldado alemán que ni siquiera conocía.
-¡Walter! –Le llamó la atención Sir Thomas, para después disculparse con Carlos- No le haga caso, aún hay en su noble corazón viejas espinas, que lo hacen rugir como una fiera herida. En realidad, sí encontramos a tu abuelo, nadie se enteró de ello, ni siquiera Amy, que creyó que lo había perdido para siempre, no nos interesaba que lo supieran.
-Sobre todo usted, Mayor Donaldson, que se estaba dando el lote con la vieja –Intervino Walter, que parecía desinhibido por el excesivo alcohol y que, ahora, le estaba pasando factura.
-¡Walter, no te permito que hables así! –Volvió a recriminarle Thomas D.
-¿”Nosotros”? ¿Quiénes eran nosotros? –Preguntó interesado Carlos.
-Bueno, el trío lo formábamos Winston Hutton, el Coronel O’ Rourke y yo, que era el más joven de los tres. Antes del interrogatorio estábamos al tanto de quién era realmente Herman Yoice, pero no nos imaginábamos qué se proponía realmente, hasta que encontramos unas piedras preciosas entre sus ropas. El mérito de la confesión fue de nuestro bruto irlandés, no había quién se resistiese, sobre todo después de unos cuántos tragos de buen güisqui.
-No sé, no me cuadra algunas cosas. Si realmente lo mataron cómo es que mi familia supo lo de las minas de Bruce –Preguntó desconcertado Carlos, mientras se escondía alguna carta. Realmente Carlos conocía el paradero de su abuelo, pero no toda la historia que había vivido.
-Lo tuvimos fuertemente vigilado. Nos llevó hasta un escondrijo, donde tenía guardado una pequeña parte de su tesoro, eso nos calmó momentáneamente, pero estábamos seguro de que eso sólo era la cabeza del iceberg. Como podrás imaginar, ya no se trataba de una misión del MI5, estábamos pensando en nuestros próximos 60 o 70 años de buena vida. Subestimamos al maldito Herman. Una mañana cuando llegamos Winston y yo a la casita donde lo teníamos retenido, muy cerca de Culross, nos encontramos con una estampa dantesca. El cuerpo del Coronel O’Rourke estaba destrozado e irreconocible. Herman se había ensañado con él hasta la saciedad: las orbitas de sus ojos estaban esparcidas por el suelo, el aire que respirábamos apestaba a carne asada y aún se apreciaba su cuerpo contorsionado sobre un barril, con todos sus huesos fracturados. Comprenderás ahora el resentimiento de Walter hacia tu abuelo –Dijo Thomas, mientras miraba a Walter cabizbajo resoplando y maldiciendo entre dientes.
- Vaya, tuvo que ser terrible –Dijo Carlos ante la anteta mirada de Walter, que parecía querer descubrir la sinceridad de las palabras de Carlos.
-Creo que ya hemos hablado demasiado, tú puedes contarnos la historia del otro lado –Dijo Walter, convidándolo a completar el relato.
Carlos sonrió y tras una breve pausa comenzó a reír.
-Evidentemente, mi madre no era una joven andaluza como suelo hacer creer, ni yo tengo vocación religiosa. En realidad mi madre, Sophie Meyer Hoffman, llegó a Argentina con mi abuela, Ana Hoffman, tras acabar la guerra, como muchos alemanes relacionados con el régimen hitleriano, que querían borrar su pasado y comenzar una nueva vida. Perseguidos por las organizaciones antinazis, no le fue difícil instalarse en países como Argentina, Uruguay, Chile, Paraguay o Brasil, mezclándose con la alta burguesía criolla. Muchos consiguieron la nacionalidad, de hecho, junto a sus hijos formaron parte de la oficialidad de los ejércitos de esos países, ocuparon altos cargos públicos, o crearon prósperos negocios. Mi abuela supo moverse, como era costumbre entre los Meyer, con soltura en esos ambientes, por lo que no era de extrañar que mi madre consiguiera casarse con un prestigioso y ambicioso militar argentino: Gonzalo Escobedo. Desde luego eso me abrió muchas puertas y me permitió hacer una brillante carrera diplomática lejos de los seminarios –Terminó diciendo Carlos que ahora reía buscando la complicidad de Walter que parecía más tranquilo a decir de su inesperada sonrisa.
-Gonzalo Escobedo… ¡menudo pajarraco es tu padre! –Dijo Thomas sin pensárselo mucho.
-¿Por qué lo dices? – Preguntó molesto Carlos.
-Todos saben que él estaba tras la Operación Cóndor, que con la complicidad de la CIA, se propusieron limpiar esos países de “peligrosos intelectuales subversivos” durante la Guerra Fría. Su relación con la CIA le permitió conocer a personajes sin escrúpulos y realizar sustanciosos negocios, los mismos americanos que fundarían años más tarde esa organización paramilitar de Purplestone, una organización que cuesta diferenciarla de la Mafia -Dijo Thomas.
-¿No querrás, ahora, acusarme de se de Purplestone? –Dijo Carlos, incrédulo sin dejar de sonreír.
-No, pero no me extrañaría que tu propio padre le contara la historia a esa gente. No es que me crea lo de la raza aria, pero me da que a tu sangre argentina le falta algo más de sentido común –Preciso Thomas.
-Bueno, tampoco ustedes van a presumir de escrúpulos. Yo reconozco que siempre he intentado aprovecharme de las situaciones, a veces eso me pasa factura, aún me recuerdan por ahí, como la gente de la OMS, pero siempre logro superar mis problemas de conciencia en las Islas Caimán –Dijo Carlos antes de romper todos a reír.
-Caballeros, sin duda son muchas las cosas que nos unen. Debemos superar el pasado para mirar hacia un futuro prometedor. Entre todos podemos lograr ver cumplidos nuestros sueños. Nos necesitamos, esa es la clave. Todo es cuestión de saber jugar nuestras piezas y saber protegernos de nuestros adversarios –Dijo Thomas levantándose y alzando su vaso de güisqui que fue respondido por sus contertulios de la misma manera.
Continuará