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6 oct 2010

Un FINAL recalculado



Aquí tenéis los siete finales que os proponemos. Elegid aquel que os resulte más cercano, más excitante, más emocionante, el que hayáis soñado leer.

Cualquiera de nosotros habría pensado, en un principio, que todos los componentes de 7 Plumas íbamos a Zaragoza para conocernos físicamente, saber un poco más de nuestras vidas, hablar por los codos, divertirnos, leer nuestro relato en el recital SéBreve y volver a nuestras casas felices y contentos, tal vez con un par de kilos de más y con una más que regular afonía.
Pero, ya antes de salir se nos incitó a hacer lo que todos deseábamos: plantear el final de nuestra novela a siete manos.
Y picamos.
A duras penas nos reprimimos hasta estar los siete juntos -¿imagináis lo que significa estar más de seis horas metidos en una furgoneta, en un restaurante y en algún que otro bar de carretera, perdiéndonos por esas salidas de Madrid y entradas de Zaragoza, con el navegador recalculando la dirección incontables veces, sin lanzarnos a luchar por los finales que cada uno cree que la novela debe tener?- pero, en cuanto pudimos, nos lanzamos a la tarea. Eso sí, buscamos el ambiente adecuado para ello, un ambiente que incitara a la creatividad exaltada y los excesos: una heladería de la que nos echaron sin misericordia a la una en punto.
Allí comenzamos, bajo la presión del reloj que nos acercaba al cierre, a desgranar las ideas que nos bullían por la cabeza y a cazar al vuelo otras que surgían de lo que los demás lanzaban.
Todos dimos nuestra visión del camino que estaba tomando la historia y del que debía ser trazado a partir de ahora.
Parece increíble que siete personas que han sido capaces de hilar una trama compleja, surgida de la nada y desarrollada sin normas, pero coherente –razonablemente coherente- en su ejecución no fueran capaces de encontrar un final común, ahora que la historia parece tener un cierto cauce.
Por no contar que no llegó jamás el acuerdo sobre quién debía cerrar la novela.
Afortunadamente, contábamos con una impresionante estratega de la disciplina, que se nos metió a todos en el bolsillo e impuso cordura: Pilar Aguarón –un beso, Pilar-. Con firmeza militar, de coronel, cuando menos, nos dijo:
-Se sortea… ¡YA! Dime un número…
No vamos a revelar quién tendrá la fortuna y el privilegio de poner el punto y final a esta novela nuestra pero os confesaré que, en el fondo, todos queremos escribir el final, que todos queremos hacer un final que sea especial para nuestros lectores.
Y que, si hay algo que tenemos muy claro es que lo que hace especial este proyecto es su interactividad así que, con la resaca del helado, decidimos ofreceros un final a la carta, un final recalculado, para que cada lector pueda llegar a la resolución que prefiera, la que habría escrito, si se hubiera puesto a ello.
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SELECCIONA TU FINAL:

-OPCIÓN A- Si eres amante de los finales trágicos, es la tuya.

-OPCIÓN B- Si eres un romántico sin cura, no te lo pienses más.

-OPCIÓN C- Si adoras los finales enrevesados, no selecciones sin antes asegurarte de tener a mano papel y lápiz.

-OPCIÓN D- Si te apasionan los finales sobrenaturales, atrévete.

-OPCIÓN E- Si quieres un final familiar.

-OPCIÓN F- Si te va el erotismo, en la intimidad de tu cuarto, con luz tenue y música sugerente, toca y acaricia esta opción.
  
-OPCIÓN G-  Si te gustan los finales inapelables, no hay más que esta opción.
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Crónica: Ana Joyanes 


6 ene 2010

Opción F


El sudor que la cubría no era más que el preludio del placer que habría de alcanzar. Las manos, las bocas de sus amantes la mantenían en un perfecto estado de excitación. En la penumbra, los ojos saturados de deseo, apenas distinguía las formas varoniles, sólidas, de Jack de las más elegantes, pero no menos deseables, de Carlos, por lo que recurrió al resto de sus sentidos.
Aspiró el aroma áspero de sándalo que se demoraba en los pliegues del cuello de Carlos y gustó el sabor picante del lóbulo de su oreja, jugoso como una fruta exótica y madura.  El tacto único de la cabeza de Jack, tan desnuda como los sentimientos que le entregaba, el sonido bronco de su pesada respiración, el latido de su corazón, demandante, le proporcionaban la medida de la felicidad.
Arrebujada, inmersa en ellos, Sophie se abandonó al éxtasis.
Al fin fue libre.


Opción G





¡Yack está!

¿Volver a otro final?

 




Opción C


Walter le ofreció un whisky que no había pedido y Escobedo supo que estaba ejecutando su venganza. Días atrás lo había visto manipular el matarratas y el brillo en sus ojos delataba que ocultaba una oscura determinación.
Con un movimiento imperceptible, Escobedo activó en su móvil la señal de peligro que, vía satélite, se recalculaba hasta llegar al cuartel general de Greenstone, no sin antes derivar una señal complementaria a los servicios de control de Purplestone.
Sapo apareció por la trastienda, dejando un rastro de sudor y escupitajos y, haciéndose el desentendido, para no llamar la atención, tomó el vaso con el whisky que Walter le sirviera a Escobedo.
En el Hospital Spiritew, Thomas Donaldson se sometía a las pruebas de la doctora McGowan, decididamente satisfecho de colaborar con su cerebro a la ciencia pero sin saber con seguridad por qué estaba ahí, amarrado a la camilla con grandes correas de cuero. Es este o nadie, le había dicho Escobedo a Greyland, poco antes de partir para la reunión con el consejo de administración de Geosync.
No estaba resultando nada fácil encontrar candidatos a dejarse examinar la mente con la dichosa piedrecita. Afortunadamente, contaban con una baza de última hora: el Mayor Hutton había convencido a su sobrino Ian para que lo sacara de fin de semana y aprovechó para escapar. Con lo que el desgraciado de Ian, joven de altas capacidades no adaptado a la escolarización convencional, no contaba era con que su tío lo había vendido al mejor postor, y en esos momentos los esbirros de Purplestone lo llevaban, drogado, hasta las dependencias del Hospital Spiritew, donde su mente sería examinada con los híbridos y, con un poco de suerte, su diseccionada.
Desde el sofá del salón de la casa de su abuela, Sophie, altamente concentrada, tenía la visión de que algo muy malo le iba a suceder a Sapo, a Ian y a Thomas. Supo, además, que Escobedo sería traicionado, por mano de Persis, por la cuarta organización secreta a la que pertenecía, Marblestone, y que Jack, aprovechando la calva, viajaba rumbo al Tibet para hacerse monje budista, después de ser rechazado por ella.
Se sirvió una taza de humeante chocolate caliente y suspiró, mientras admiraba el perfecto trabajo de pedicura de sus pies y el sol se ponía tras el Fiordo.
-¡Al fin sola!

¿Volver a otro final?

 




Opción F


El sudor que la cubría no era más que el preludio del placer que habría de alcanzar. Las manos, las bocas de sus amantes la mantenían en un perfecto estado de excitación. En la penumbra, los ojos saturados de deseo, apenas distinguía las formas varoniles, sólidas, de Jack de las más elegantes, pero no menos deseables, de Carlos, por lo que recurrió al resto de sus sentidos.
Aspiró el aroma áspero de sándalo que se demoraba en los pliegues del cuello de Carlos y gustó el sabor picante del lóbulo de su oreja, jugoso como una fruta exótica y madura.  El tacto único de la cabeza de Jack, tan desnuda como los sentimientos que le entregaba, el sonido bronco de su pesada respiración, el latido de su corazón, demandante, le proporcionaban la medida de la felicidad.
Arrebujada, inmersa en ellos, Sophie se abandonó al éxtasis.
Al fin fue libre.


Opción E



-Tengo grandes noticias, cielo, anunció, radiante.
Sophie lo miró, curiosa.
-¿Y cuáles son esas grandes noticias? –preguntó, mientras repeinaba al niño- Estate quieto, Carlitos, que este remolino no hay quien lo baraje.
Todo tenía que salir perfecto, incluso el pelo rebelde del pequeño Escobedo.
-Amy, cariño, deja en paz la cola del gato, que terminará por arañarte. Esta niña es de la piel del diablo, sale a tu familia, cari.
-También es tu familia, Soph, amor. Recuerda, a medias, pero familia al fin y al cabo - le contestó, ajustando el nudo de su corbata italiana.
Carlos Escobedo apenas podía creer su suerte: había llegado el día de la inauguración de E&M Broadcasting, la mayor cadena de radio televisión de Escocia. Lo que comenzara con un programa casi clandestino se había convertido en un fenómeno social que los había impulsado a la cima de la industria de la comunicación. Cierto que la facilidad de Sophie para masturbarse en directo había sido el detonante, pero Escobedo siempre fue consciente de que lo realmente importante para el éxito de la cadena fue su capacidad para predecir los cambios en las modas y a qué valor invertir en bolsa.
Todos estarían allí: Sophie Meyer Hoffman y Gonzalo Escobedo, los padres de Carlos, recién llegados de Argentina. También estaría Charles Joyce, tío de Sophie, que aterrizó dos días antes, bronceado por el sol de Sudáfrica. Incluso no faltaría la tía abuela Meredith, con la que había perdido el contacto y a la que reencontró la tarde que fue a visitar al Mayor Hutton al geriátrico. Sophie tuvo una estremecedora visión, mientras abotonaba la rebeca de la pequeña Carlota Sophie, por la que supo que el Mayor Hutton y la tía abuela Meredith compartirían un tórrido romance, y que descartó de su mente mientras le daba un sonoro beso a su hijita.
-¿Y cuál es esa noticia, cari? No me obligues a usar mis poderes para adivinarla.
Carlos sonrió ampliamente mientras se le acercaba y la abrazaba por detrás. Como un prestidigitador, sacó un papel, que colocó delante de los ojos de Sophie, mientras la besaba en el cuello. Sophie no logró reprimir un grito
-¡La dispensa papal! ¡Por fin nos podemos casar!


 

Opción D


Vio a Deborah junto a su cama. Un orificio, renegrido e irregular, presidía su frente. No podía apartar la mirada del agujero, que parecía respirar cuando Deborah hablaba.
Con los ojos muy abiertos, Sophie se esforzaba por quitarse de la cabeza esa imagen que la aterraba pero, mirara donde mirara, Deborah se situaba en su área de visión. De su boca exangüe salían palabras deshilvanadas pero que al llegar a Sophie cobraban sentido.
Encendiendo más luces de las que eran necesarias, se levantó y se embutió unos pantalones y un jersey gordo y se dispuso a seguir las instrucciones que su difunta amiga le suministraba.
Condujo por una carretera secundaria que bordeaba el acantilado hasta llegar a un bosque, tan parecido con el de Hillwood, donde años atrás escondiera la caja con los recuerdos de su madre, que sintió cómo un sudor frío recorría su espalda.
Deborah caminaba por delante de ella, segura, con el mismo aplomo que mostrara en vida. Su hermosa cabellera flotaba a su alrededor, igual que sus evanescentes ropajes, y el orificio de salida asomaba entre el pelo como la boca de una cueva camuflada entre el follaje.
Sophie aferraba con fuerza el híbrido de amatista y ópalo que Jack había robado de las instalaciones de Purplestone y que le había entregado justo antes de desaparecer. Estaba muerto. Lo sabía. No precisaba verlo tal y como vislumbraba a Deborah para saber que lo habían matado: no tenía posibilidades de escapar al cerco de los mercenarios.
Al oprimir el híbrido, un fogonazo en su mente la deslumbró y no supo cómo atravesó el bosque. Como un autómata sorteaba los obstáculos, atajaba entre veredas, subía cerrillos poblados de árboles, hasta llegar a la cima de un acantilado sobre el fiordo de Firth.
Sintió algo semejante al vértigo cuando se asomó al borde y contempló el mar batiendo contra las rocas. En algún lugar cercano, bajo las aguas, el submarino aguardaba, dormido, con su buche de monstruo metálico repleto de gemas.
Se concentró. Pudo percibir el trasiego de las pequeñas embarcaciones que rastreaban la zona, el zambullirse de los buzos. Todo se le revelaba con destellos inconexos pero ciertos: Purplestone estaba allí y estaba a punto de conseguir el tesoro por el que tantos habían matado y muerto.
Serían los últimos.
En un último esfuerzo, sacó de la mochila que colgaba de su espalda un bloque mediano de amaopal y lo colocó frente a ella, sobre una roca. Con las palmas de las manos presionando el mineral, se concentró en la imagen submarina que perseguía.
La explosión se sintió a varios kilómetros a la redonda, el oleaje que levantó provocó que varios de los barcos de Purplestone zozobrasen, llevando al fondo del mar a sus ocupantes. El submarino y cuanto contenía había sido destruido, dispersado para siempre en el lecho marino. La fuerza de la deflagración alcanzó a Sophie, catapultándola sobre los árboles que tenía a sus espaldas. El dolor fue terrible, pero solo duró un instante. Después, en su cabeza se hizo la oscuridad.
Amanecía sobre el fiordo de Forth cuando Sophie recobró la conciencia.
Se alejó del lugar mirando de reojo el cuerpo que dejaba tras de sí, caído sobre el tronco de un árbol, y que se le parecía tanto.
A su lado, Deborah le sonreía, el orificio de bala ahora refulgente.
-Bienvenida a casa, Sophie. ¡Te he echado tanto de menos!

¿Volver a otro final?

 


Opción A


Sangre, el terrible dolor del abandono, el ruido de los recuerdos superpuestos, de las imágenes ominosas del futuro que inexorablemente habría de venir, rubíes y diamantes lacerando su piel y su corazón, las aguas del mar azotando su cuerpo hasta destrozarlo contra las olas.
Con esfuerzo se retiró de la sien el madito híbrido que abría las compuertas de sus visiones y dejaba que entraran en su mente los demonios del pasado, la agonía de un presente sin futuro.
Contempló los cuerpos de Jack y Escobedo, desmadejados sobre el suelo del laboratorio, ensangrentados, unidos por una misma muerte inútil, y lloró en silencio. Nada tenía sentido. Tan larga búsqueda, tanto sufrimiento, para nada, para terminar muertos en el corazón de la base de una organización paramilitar para la que no eran más que peones de un juego ganado de antemano.
En un rincón, Sapo se retorcía de dolor. No le quedaba mucho.
Presintió los pasos de los esbirros, acercándose. No soportaría una sola incursión más en su cerebro, no sufriría más.
Tomó el revólver que aún se mantenía sujeto en el puño contraído de Jack.
Un único disparo le devolvió la libertad. 

¿Volver a otro final?